jueves, 15 de diciembre de 2011

3. La cruel realidad

Examinó por enésima vez el uniforme que tenía sobre la cama. No encontraba una palabra para describirlo. ¿Elegante? No, era más bien... curioso. Lo primero que vio horrorizó a Summer, un corsé. Aunque tras mirarlo más atentamente se fijó en que era más bien una variación de los antiguos corsés. La tela era flexible y parecía fácil de poner. Tampoco era tan estrecho como para no dejarla respirar, sino que reduciría su cintura unos pocos centímetros. Aún así, no le hizo gracia. Tenía la sensación de que, tras la guerra, la sociedad se había vuelto muy machista, y el que la obligaran a llegar aquello no hizo más que confirmarlo.

Lo siguiente que se puso fue una blusa de seda blanca, abotonada en el pecho. La falda azul cielo también parecía de una tela muy cara, y emitía pequeños destellos brillantes cuando se movía. Apenas le llegaba hasta las rodillas, y dejaba al aire sus piernas con medias oscuras, y zapatos negros con poco tacón. Para terminar tenía una pequeña capa del mismo color que la falda, que le cubría los hombros. Al mirarse en el espejo, le sorprendió una vez más lo ceñido que era. Summer siempre había sido delgada, pero no pudo evitar admirar la estrecha cintura que le hacía aquel uniforme. Tenía entendido que en los uniformes se encargaba de dejar todo el cuerpo de las chicas a la imaginación, pero aquel no hacía más que acetuarlo. Tal vez el colegio no estuviera tan mal, al fin y al cabo.

Decidió no recogerse el pelo, y dejó que la melena rubia le cayera ondulada por la espalda. Tras ponerse la chaqueta y mirar su reflejo por última vez, bajó al encuentro de su hermana.

· · ·

El trayecto en coche hasta St. Peterson duró algo menos de una hora en el coche de George, durante el cual Summer observó el paisaje en silencio. Al bajar del coche apareció frente a ella un edificio enorme, aunque no tenía más de cuatro plantas. Tenia muchísimas ventanas, y la fachada estaba cubierta de motivos geométricos y esculturas. Los jardines eran tan grandes que, desde fuera de la verja, el edificio se veía lejano. En el lugar donde se encontraban había un gran cartel que rezaba: "Academia femenina St. Peterson". George se aclaró la garganta:

- Bueno, aquí estamos.
- Gracias por traernos, George. - dijo Summer con tono amargo, no le había hecho gracia que su madre no fuera a despedirlas.
- No pasa nada. Venga, entrad, que os estará esperando. Nos vemos en Navidad. - y tras abrazarlas, volvió a entrar en el coche. Las saludó con la mano antes de encender el motor y desaparecer en la distancia.

Summer respiró hondo, miro a su hermana, que asintió, y juntas hicieron el camino que llevaba a la escuela.

Las recibió la directora en persona, la señora Burbage, una mujer de unos cuarenta años, muy alta y delgada. A pesar de tener ya algunas arrugas, se veía que había sido muy hermosa. Llevaba el pelo negro brillante en un elegante moño, y tenía los ojos muy claros, rodeados por espesas pestañas. y los labios color carmín le favorecían mucho. Ella también llevaba un traje de chaqueta muy ajustado, de color gris oscuro, y una falda de tubo que le llegaba por las rodillas.

- Summer y Julia Coleman, ¿Verdad? - Ellas asintieron, y las miró de arriba a abajo para después sonreír. - Sois muy guapas, eso esta muy bien. Y el uniforme os favorece mucho, al ser rubias. Y tenéis unos resultados asombrosos hasta ahora, muy bien. La inteligencia es importante, queridas, pero no lo es todo. - Volvió a sonreír - El aspecto es también muy importante. Aquí, en St. Peterson, procuramos formar señoritas. Mujeres independientes y poderosas, pero señoritas, al fin y al cabo. Y la elegancia y el glamour nunca están de sobra. Creo que encajaréis bien aquí, lo único... Debéis llevar el pelo recogido de Lunes a Viernes. El fin de semana como queráis. ¿De acuerdo?

- Sí, señora Burbage. - respondieron las dos a la vez.
- Pues creo que eso es todo... Ah, sí, Summer, las de último curso podéis salir del centro los fines de semana, siempre que estéis de vuelta para la cena.
- Ah, ¡Que bien! - se le escapó, y después se sonrojó por su descaro. Pero o pudo evitarlo, no contaba con salir de allí e tres meses.
- Bien, pues podéis retiraros. Aquí están vuestras habitaciones, horarios y todo lo que pueda interesaros. - les entregó unos papeles. - Espero que os guste St. Peterson.

· · ·

- Hola, perdona, ¿Sabes dónde está la habitación 421? - preguntó Summer a una chica que se cruzó en el pasillo. Era algo más baja que ella, y muy delgada. Tenía una espesa melena rojiza y larga que, al ser domingo, llevaba suelta.

- Sí, esta justo al lado de la mía. ¿Quieres que te acompañe? - sonrió, parecía simpática. Al ser tan pequeña y ligera, andaba a un paso muy rápido que Summer, cargada de maletas, apenas podía seguir.

Tras guiarla hasta la 421, se disculpo y se marchó antes de que Summer tuviera tiempo a preguntarle su nombre. Abrió la puerta de su habitación y se encontró en una estancia bastante amplia, más de lo que había esperado. Tenía una gran ventana que daba a los jardines, y Summer, dejando todo s equipaje en el suelo, se acercó para apreciar la vista.

Admiró el verde paisaje durante un rato, hasta que una voz tímida, como de niña, la sobresaltó.

- ¿Hola? - sonaba dudosa. Summer se giró, sobresaltada, y la chica se sonrojó. - Yo... Lo si-siento, no quería molestar es solo que...

-. Tranquila, no pasa nada. De verdad. - ella también dudó - Me llamo Summer, acabo de llegar. - Parecía temer que Summer le gritara o algo así.

- Yo soy Susan. ¿Quién te ha enseñado el camino?

- No lo sé. Una chica pelirroja, creo que es de la habitación de al lado. - la expresión de Susan cambió. - ¿La conoces?

- No. Vamos, se de quien me hablas, pero no sé su nombre ni nada.

- Ah. - Aquella chica le parecía cada vez más rara. Fijándose por primera vez en ella, se dio cuenta de que no era muy guapa. Su baja estatura y complexión huesuda la hacían parecer una niña. El pelo, oscuro y corto, estaba apelmazado. Su piel era extremádamente pálida, y sus ojos, vacíos y sin vida.

- Bueno... Me tengo que ir... Adiós.

Se dirigió a la puerta algo cabizbaja y, al salir, se cruzó con una chica que la miró de forma extraña. Su cara tomó una expresión que Summer no supo descifrar y entró sin darse cuenta de que ya había alguien allí.

- Eh... Hola. - dijo Summer tímidamente. Entonces la muchacha levantó la vista de su cama y pudo observarla de verdad. Parecía la antítesis de Susan. Era muy alta y delgada, con un cuerpo de película. Tenía la piel morena, los ojos marrón oscuro, rodeados por espesas pestañas. Su nariz era recta y sus pómulos llenos, y llevaba los labios carnosos pintados de rojo. Parecía hispana.

- Hola. - dijo la chica, sonriendo - ¿Eres nueva?

- Sí, acabo de llegar, soy Summer.

- Ana. - dijo simplemente. Parecía sorprendida de que le hubiese hablado. ¿Que le pasaba a la gente en aquel lugar?

- Encantada. Oye, esa chica que acaba de salir... - Ana sonrió.

- Asi que te has dado cuenta. Es rarísima. No sabes lo que es compartir habitación solo con ella.  - Parecía algo más suelta que al principio.

- Bueno, podremos con ella entre las dos, ¿No? - La chica asintió, sonriente.

Ana la ayudó a deshacer la maleta, le enseñó como funcionaba todo allí y la instaló en una cama al lado de la suya, lo más lejos posible de Susan. Summer no entendía que tenía de raro exactamente aquella chica y, al principio, el modo en que hablaba de ella le pareció un poco cruel. Pero, pensándolo mejor, si quería tener una estancia agradable en St. Peterson. más le convenía juntarse con chicas como Ana, guapa y simpática, y con pinta de ser muy popular, que con Susan.

Pero sus ideas acerca de su nueva amiga resultaron ser complétamente incorrectas. Tras quedarse hablando en voz baja hasta muy tarde, habían ganado mucha confianza. Y Summer conocía más o menos a la gente más importante en el colegio, a que chicas debía acercarse, y a quienes, como Susan, era mejor no hacer caso.

La mañana siguiente, no dudaron en sentarse juntas en su primera clase, Inglés. La profesora, la señora Pilcher, era una mujer mayor, educada y cariñosa. Por lo que le dijo Ana, muchas chicas del internado la consideraban una madre. Cuando Summer entró a clase, la mujer le sonrió afectuosamente; sin embargo, cuando fue a sentarse junto a su amiga, la profesora pareció decepcionada. Ana tampoco parecía contenta con ella, pero a Summer no le pareció el momento de preguntar.

La clase transcurrió lenta. La señora Pilcher comenzó por presentar los contenidos que estudiarían ese curso, y Summer, a pesar de haber intentado estudiar algo en casa por su cuenta, no había pisado un colegio desde los 11 años, lo que la dejaba en clara desventaja. Dedicó la clase a pensar como estarían los demás, en casa. Había visto a Julia en el desayuno, hablando con unas chicas de su edad. Parecía tranquila, y Summer sintió, por primera vez, que no tenía por que preocuparse por su hermana.

Al final de la clase, Ana salió precipitadamente hacia el baño, y Summer se quedó sola, recogiendo sus cosas.

- ¿Summer Coleman? - se giró. Ante ella se encontraba una chica de estatura media, el pelo rubio en un elaborado recogido, y los ojos castaños. Su pose era orgullosa, y sonreía con suficiencia. - Soy Mary McDonald, presidenta del consejo de alumnos.

- Encantada. - Summer aceptó la mano que le ofrecía. Supuso que era la encargada de enseñarle las instalaciones, o algo así.

- Mira, iré al grano. - A Summer le sorprendió su repentina brusquedad. - Esta mañana te he visto con Ana Torres. Y entiendo que prefieras su compañía a la de la fantasma de Brooks, - supuso que se refería a Susan - pero creo que deberías juntarte con gente más... apropiada.

- ¿Por qué? - Summer se sintió insultada, Ana había sido la persona más agradable que había conocido hasta el momento.

- ¿Tienes ojos en la cara, querida? Es hispana. - Pronunció la última palabra con desprecio. - De Puerto Rico. Y puede que algunos la acepten por sus... rasgos exóticos, pero no te dejes engañar. Son incultos, poco cibilizados, despreciables. Y creo que deberías estar con nosotras de ahora en adelante. ¿Que me dices?

Parecía que acabara de donar miles de dolares a alguna organización.

- Creo, que soy lo bastante mayor para elegir a mis amigos. - Y sin más, se fue.

Y de pronto, todo cobró sentido. La cara de sorpresa de Ana cuando entablaron conversación por primera vez, no muchas chicas blancas como ella le hablarían generalmente. Y Summer se dio cuenta de que la guerra no había cambiado nada. Detrás de la directora progresista y feminista, detrás de los uniformes atrevidos y los aires de modernidad, se escondía la misma sociedad podrida de siempre.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

2. Volver a empezar

Septiembre, 1948

Habían pasado tres años desde aquella discusión, y el mundo era un lugar diferente. Lo que antes había sido una alianza entre Rusia y los Estados Unidos se había convertido en una fuerte tensión, pero no era algo que afectara a la vida diaria de Summer Coleman. Mientras corría bajo la intensa lluvia de camino a casa con su hermana Julia, le dio vueltas a lo mucho que había cambiado su vida desde entonces.

A pesar de que no lo dijera en voz alta, y menos aún en presencia de su madre, Summer era consciente de lo mucho que había cambiado su vida desde que Theressa Coleman se había casado con George, el mecánico.

El final de la guerra había traído cambios. Todos habían sufrido, pasado hambre o perdido seres queridos, y otros muchos habían muerto. Pero en aquel frío septiembre de 1948, ella y su familia llevaban una vida mucho mejor de lo que habrían imaginado unos años atrás. Todos los hijos, excepto Matthew, que ya tenía dieciocho años, tenían pensado retomar sus estudios.

Su situación económica había mejorado hasta el punto de igualar, o incluso mejorar, la que tenían al principio de la guerra. Resultó que George era dueño de muchos de los talleres de la zona, y que había trabajado allí por invertir su tiempo en algo, ya que nunca había estado casado, ni tenía una familia de la que ocuparse.

- ¿Que te ha parecido? - el apenas audible susurro de su hermana la sacó de su ensimismamiento. Parecía apenada. Volvían de visitar lo que a partir del día siguiente sería su colegio, o su cárcel. La academia femenina St. Peterson, donde la dos hermanas estarían internas. La sola idea le producía nauseas a Summer. Una larga guerra ocupándose de criar a sus hermanos, y ahora la encerraban como a una niña estúpida que no puede cuidar de si misma. Lo único que la consolaba era el hecho de que Julia iría con ella.

- Es un sitio... interesante. - Summer forzó una sonrisa, como si la idea de estar interna le hiciera cierta ilusión. Sabía que era inútil, su hermana había escuchado los gritos y los más suculentos insultos que le había dedicado a su madre cuando les dio la noticia, pero no podía evitarlo. Julia era su vena sensible. Se parecían mucho, tanto en físico como en personalidad. Siempre había intentado protegerla, y esta vez no sería diferente. - Seguro que al final nos gusta.

Su hermana suspiró, e hicieron el resto del camino en silencio.

Cuando por fin, empapadas, llegaron a casa, Summer y Julia oyeron la voz de George en el comedor. Debía estar con alguien del trabajo, ya que hablaban de cosas muy técnicas sobre un coche que les habían traído. Summer, aprovechando que no las habían oído, se dirigió a su habitación con intención de cambiarse y que no la vieran con esa pinta, pero no tuvo tanta suerte.

-¿George? - llamó Julia dirigiéndose al lugar de donde provenían las voces. Y Summer no tuvo más remedio que seguirla.

Cuando entraron en el salón, Summer se sonrojó sin poder evitarlo. De pie junto a su padrastro se encontraba Jack McCawley, el joven de 22 años que había trabajado con George hasta hacía unos años. Cuando ella tenía doce años y algún rato libre, se dedicaba a mirarle trabajar y suspirar cada vez que le sonreía. Por aquel entonces Jack contaba 17 años y, a pesar de tener novia, le gustaba alegrar el día a la pequeña Summer llevándole alguna flor y diciéndole lo guapa que estaba. Aquella rutina se había roto meses después, cuando se fue a la guerra, y no se habían vuelto a ver. A pesar de ser una tontería que ya no le importaba en absoluto, Summer había imaginado un reencuentro en el que, por lo menos, ella llevara ropa seca y el pelo bonito.

- ¡Aquí están las señoritas de la casa! Summer, te acuerdas de Jack, ¿Verdad? - George intentó hacerla volver a la realidad.

- Parece que sí. Una no olvida tan facilmente su primer amor. - Ese comentario hizo que ella se sonrojara aún más. Se acercó y le dio un abrazo que años atrás le habría provocado un infarto.- Has crecido muchisimo. ¡Y que decir de la pequeña Julia!

Fue entonces cuando Summer se fijó en un chico de pie en medio del salón. George le hizo señas para que se acercara a él.

- Summer, este es Seth, el hermano de Jack. Tal vez os conozcáis.

- La verdad es que no, pero es un placer. - dijo Summer mientras estrechaba su mano, intentando recuperar algo de la dignidad que sabía que acababa de perder. Le dedicó una sonrisa encantadora mientras analizaba al chico.

No se parecía en nada a su hermano, era más bien todo lo contrario. Era más alto y musculoso que Jack, y tenía la piel algo tostada, como si hubiera vivido en un lugar muy soleado. Vestía pantalones marrones y una camiseta blanca sin mangas que se ceñía perfectamente a su cuerpo. Por encima de esta llevaba una camisa color kaki sin abrochar que le daba un aire de lo más informal. Llevaba el pelo, al contrario que su hermano, más bien largo, liso y castaño. El flequillo casi de llegaba hasta los ojos, que eran oscuros y misteriosos. Lo remataba una sonrisa blanca de medio lado que hacía contraste con su piel bronceada. Parecía muy divertido ante la expresión y el aspecto de Summer, lo que hizo que esta se sonrojara aún más.

Summer pensó que no podía ser mucho mayor que ella. A pesar de su altura y músculos, quedada en su rostro cierto aire infantil que le daba cierto aspecto de niño en un cuerpo de hombre. Su madre habría dicho que era un desaliñado, pero a Summer le pareció el chico más guapo que había conocido. Se pregunto que les darían a los chicos McCawley en casa para tener ese aspecto.

- Seth va a trabajar conmigo de aquí en adelante, así que puede que os veáis de vez en cuando. - comentó George.

- ¿O sea que ya has acabado el colegio? - pregunto Summer, como una indirecta para descubrir la edad del chico.

- En realidad, no. Acabo de cumplir dieciocho - bingo - pero no me va mucho eso de estudiar. Pero supongo que tú serás la estrella de la clase. - dejo caer con una sonrisa pícara.

- Tal vez. - Summer también sonrió. Pareció que Seth iba a añadir algo, pero en ese momento Theressa Coleman entró por la puerta.

- ¡Hola! George, casi había olvidado que habías invitado a los McCawley. Jack, cariño, te hemos echado de menos, y... - dedicó una mirada reprobatoria a Seth, como si no le pareciera lo suficientemente bueno para estar en su casa. Después añadió con cortesía - ¿Os quedaréis a cenar?

- En realidad, será mejor que nos vayamos. Pero gracias por la invitación. Vamos, Seth. - el menor lo siguió hasta la puerta y salió, no sin antes guiñar un ojo a Julia, algo que escandalizó a su madre, y provocó una risita a las dos hermanas.

Cuando se hubieron ido, Theressa Coleman expresó libremente su opinión acerca del nuevo empleado.

- ...¡Pero si es un crió! Debería estar en el colegio, o en un reformatorio, con esas pintas.... ¡Con lo buen chico que es Jack!

- Tessa, conozco a Seth McCawley desde que gatea, y te aseguro que es un chico muy responsable. - contestó George, dejándose caer en el sofá.

- ¡Con esas pintas! ¿Lo has visto? La camisa sin atar... ni siquiera llevaba sombrero... ¿Y ese pelo tan largo? ¿A quién se le ocurre? Ni que viviera en la jungla...

Summer se acostó en cuanto terminó de hacer la maleta. Se compadeció del pobre George, solo con su madre hasta Navidad, aguantando sus prejuicios. Por suerte Matthew pasaría por allí de vez en cuando, o irían a visitar a los tres pequeños al Internado Branford. Estar tres meses sin ver a sus padres no podía ser bueno para unos niños de diez años.

Lo último en lo que pensó antes de sucumbir ante el sueño fue en los largos meses que le esperaban en el internado.

martes, 29 de noviembre de 2011

1. Prólogo

7 de Agosto, 1945

Abrió los ojos para encontrarse apoyada en la fría superficie de la mesa de la cocina, con una tela en las manos que le costó reconocer. Intento hacer memoria de como había terminado allí. La noche anterior había estado arreglando uno de sus viejos vestidos para su hermana. Sonrió para si misma, parecía increíble que ella hubiese entrado en algo tan pequeño. ¿Hacía cuanto que lo había usado?¿Ocho años? Tal vez. Eran otros tiempos, y a pesar de estar viejo y gastado, era más bonito que cualquiera de los que habían comprado a su hermana jamás. Prueba innegable de que todo había cambiado.

Un golpe en la puerta y el sonido de algo que caía en la mesa la sobresaltó, y al levantar la vista se encontró con la profunda mirada de su hermano mayor, Matthew.

- ¡No sé a donde quieren llegar! - exclamó, quitándose la gorra y dejándola sobre la mesa con brusquedad - ¿Una bomba atómica? ¿En qué están pensando? Me da igual lo que digan, esto no ha terminado. Irá a peor.

Y se dejó caer en una silla. Así era él. Un chico en cuyos ojos grises se veía el sufrimiento de un anciano que ha vivido demasiado, que cuando hablaba parecía un político cuarentón y que físicamente no era más que un chico de quince años. La guerra los había obligado a todos a crecer rápido, y Matthew se convirtió en el hombre de la familia Coleman a la edad de doce años.

- Bueno, si la dan por terminada, será por algo. No sé que efectos tiene una bomba atómica, pero supongo que si la han lanzado será porque los Japoneses no pueden devolver el golpe. - comenta su hermana mientras termina de coser el vestido. Summer, de catorce años, también había tenido una infancia más corta de lo que hubiera deseado. La guerra empezó cuando tenía ocho años, y su padre, piloto, había muerto en un ataque aéreo a Japón, tras el bombardeo a Pearl Harbor, cuando ella no tenía más que once años. Se había encargado de la familia tanto como Matthew, pero al ser una mujer, su trabajo se había limitado a vestirlos y alimentarlos a todos, mientras veía a su hermano mantener interminables charlas sobre política en la sala de estar.

Habían disfrutado de una buena vida antes de aquel infierno. Comían bien, estudiaban e iban bien vestidos. El saber leer y escribir había dado a Summer cierto prestigio en una sociedad en la que pocas mujeres se lo podían permitir, aunque parecía que las cosas empezaban a mejorar.

Pero tras la muerte de su padre, la familia Coleman salió adelante como pudo. Su madre, Theressa, consiguió trabajo como cocinera en la casa del alcalde, pero salía al alba y regresaba bien entrada la noche, razón por la cual Summer había adoptado el papel de madre ama de casa sin más dilación. Matthew había conseguido empleo como repartidor de periódicos, el único trabajo que daban a chicos de su edad, y lo había cumplido con creces hasta hacía dos años, ya que le daba la opción de conocer de primera mano lo que se cocía en el mundo. Pero cuando cumplió los trece, a su jefe le pareció que ya estaba mayorcito para pasearse por el barrio en bicicleta, y lo había despedido. Matthew guardaba un enorme rencor desde entonces al hijo de este, que casualmente había ocupado el puesto desde entonces, aunque su padre dijese que lo había conseguido solo porque era el más apropiado.
Julia, tercera hija del matrimonio Coleman, doce años, llevaba año y medio arreglando ropa para lo vecinos, había mentido sobre su edad para que la tomaran en serio, y poco a poco de había ganado el respeto del barrio. El mayor problema había sido criar los pequeños William, Paul y Emily, de siete años, a quienes su padre no había conocido, ya que se fue a la guerra como voluntario en cuanto tuvo oportunidad, dejando atrás a una esposa embarazada de trillizos y una familia que lo necesitaba.

Summer miró con disimulo la foto de Alfred Coleman que tenían en la encimera. Su hermano se dio cuenta.

- Por gente como él está el mundo como está. Poco aprecio por la vida humana y ansia de poder. - Odiaba a su padre. En cuanto este les anunció que se iba a la guerra, Matthew le había dicho que era un monstruo, que lo odiaba y que esperaba no volver a verlo jamás. Lo que más asustaba a Summer era que nunca pareció arrepentirse de ello. Ella también se había enfadado, pero nunca se lo dijo a nadie, e intento pasar los últimos días de su padre junto a él, mientras que su hermano lo había ignorado completamente.

Summer simplemente bajo la mirada para ver que era lo que su hermano había traído. Sonrío para si misma, el periódico. Ocupaba la portada una escalofriante imagen de la bomba que tanto había afectado a su hermano.

- ¿Lo ha traído Ben? - Ben era el chico de los periódicos, el que le quitó el trabajo.
- Que más quisiera. Se lo he comprado a otro niño delante de sus narices. Si vieras la cara que se le ha quedado... Pero me tiene miedo, y no ha dicho nada. Es una pena...
- Deberías dejarle en paz, ya han pasado dos años, y sigues comportándote como un niño...
- Bueno, tal vez me haya llegado el momento de disfrutar de la infancia que me quitaron.

Summer quiso replicar, pero en ese momento se abrió la puerta principal  y entró su madre, acompañada de un hombre al que reconoció como el mecánico. Miro a su hermano extrañada, y vio que este arqueaba las cejas. ¿Que hacía su madre con el mecánico? Ellos no tenían coche, y tampoco intención de comprarlo por lo que ella sabía.

- ¿Quieres tomar algo?¿Cafe?¿Té? Ya sabes, hasta que lleguen los... - por poco se le cayó la taza de las manos cuando entro en la cocina y vio a sus dos hijos mayores allí parados - Niños.

- Mama, ¿Que hace él aquí? - Pregunto Matt cruzando los brazos.
- Yo... Bueno, este es George, supongo que lo conocéis. - ellos asintieron. - Nos conocimos hace unos meses cuando vino a revisar el coche del alcalde y... esto...
- ¿Y que? - inquirió Summer con impaciencia.

Fue George quien, tras aclararse la garganta sonoramente respondió con voz ronca pero ilusionada:

- Nos hemos prometido.

Summer se tuvo que agarrar al borde de la mesa para no caerse. ¿Que ellos se habían que? ¿Prometido? No, aquello definitivamente no podía ser real. Ellos no conocían a George, no como padrastro al menos. George era el mecánico, ese hombre con un mono azul lleno de aceite, que te saludaba amablemente cuando te lo cruzabas y hablaba de coches en un idioma que solo él entendía. Alguien así no podía desempeñar el papel de padre, él era alegre y despreocupado, y por lo que Summer sabía, los padres solían ser gente seria y estricta. Pero por encima de todo, había una razón aún mayor por la que eso no podía pasar, y fue Matthew quién le dio voz:

- Pero mamá, tu ya estás casada.
- Bueno, pero ahora estoy viuda. Me casé con vuestro padre en Kentucky, y aquí en Nueva York no hay nadie que pueda atestiguar que Alfred y yo estuvieramos casados. - dijo con voz temblorosa, como avergonzada - Además, creo que después de estos años de sufrimiento, criando a seis hijos yo sola en medio de una guerra, merezco un poco de felicidad, ¿No?

- ¿Perdón? ¿Críarnos tú? ¡Por favor! - exclamó Summer - ¡Desde que murió papá, Matthew y yo nos hemos encargado de esta familia! Dejamos el colegio, conseguimos trabajo, preparamos la comida, criamos a tres bebes nosotros solos. Julia también ayudó lo que pudo. Pero, ¿Tú? ¡Tú solo te has dignado a pisar esta casa para dormir, y por que no tenías otro sitio al que ir!
Siempre en casa del alcalde. "¡Esque tengo que conseguir dinero!" - la imitó - Hace tiempo que tu sueldo de mierda dejó de ser imprescindible para esta familia, no te creas que no me he dado cuenta. No entendía por que seguías trabajando, pensaba que sería para tener un fondo de ahorros o algo así, pero no. ¡Ahora ya veo que te lo pasabas muy bien!

Y dicho esto, salió a grandes zancadas de la cocina dando un portazo y desapareció, dejando atrás a una madre destrozada, un hermano confuso y un mecánico avergonzado.

- Bueno, esto... Felicidades. - comentó Matthew, intentando romper el hielo. La mirada de su madre le dio a entender que lo dejara - Ya se le pasará, de verdad, solo necesita tiempo para asimilarlo.

0.

Buenas,
 He hecho este blog para ir publicando esta historia que estoy escribiendo. Si la leéis, me gustaría mucho que me dejaseis un comentario con vuestra opinión. Y si os gusta, ya sabéis, hacedme un poco de publicidad, que mi objetivo es que me lean.
 Como estaba ya un poco harta de escribir siempre las mismas historias, he decidido variar un poco, y saltar un poco en el tiempo. Estamos en 1948, tras la Segunda Guerra Mundial, y os cuento la historia de Summer Coleman, una chica de 17 años como otra cualquiera, y de como vive esa época.
 Si tenéis alguna propuesta para la historia, o algo que podría mejorar en el blog, por facvor decidmelo por comentario.
 Espero que os guste ;)
Anne