Abrió los ojos para encontrarse apoyada en la fría superficie de la mesa de la cocina, con una tela en las manos que le costó reconocer. Intento hacer memoria de como había terminado allí. La noche anterior había estado arreglando uno de sus viejos vestidos para su hermana. Sonrió para si misma, parecía increíble que ella hubiese entrado en algo tan pequeño. ¿Hacía cuanto que lo había usado?¿Ocho años? Tal vez. Eran otros tiempos, y a pesar de estar viejo y gastado, era más bonito que cualquiera de los que habían comprado a su hermana jamás. Prueba innegable de que todo había cambiado.
Un golpe en la puerta y el sonido de algo que caía en la mesa la sobresaltó, y al levantar la vista se encontró con la profunda mirada de su hermano mayor, Matthew.
- ¡No sé a donde quieren llegar! - exclamó, quitándose la gorra y dejándola sobre la mesa con brusquedad - ¿Una bomba atómica? ¿En qué están pensando? Me da igual lo que digan, esto no ha terminado. Irá a peor.
Y se dejó caer en una silla. Así era él. Un chico en cuyos ojos grises se veía el sufrimiento de un anciano que ha vivido demasiado, que cuando hablaba parecía un político cuarentón y que físicamente no era más que un chico de quince años. La guerra los había obligado a todos a crecer rápido, y Matthew se convirtió en el hombre de la familia Coleman a la edad de doce años.
- Bueno, si la dan por terminada, será por algo. No sé que efectos tiene una bomba atómica, pero supongo que si la han lanzado será porque los Japoneses no pueden devolver el golpe. - comenta su hermana mientras termina de coser el vestido. Summer, de catorce años, también había tenido una infancia más corta de lo que hubiera deseado. La guerra empezó cuando tenía ocho años, y su padre, piloto, había muerto en un ataque aéreo a Japón, tras el bombardeo a Pearl Harbor, cuando ella no tenía más que once años. Se había encargado de la familia tanto como Matthew, pero al ser una mujer, su trabajo se había limitado a vestirlos y alimentarlos a todos, mientras veía a su hermano mantener interminables charlas sobre política en la sala de estar.
Habían disfrutado de una buena vida antes de aquel infierno. Comían bien, estudiaban e iban bien vestidos. El saber leer y escribir había dado a Summer cierto prestigio en una sociedad en la que pocas mujeres se lo podían permitir, aunque parecía que las cosas empezaban a mejorar.
Pero tras la muerte de su padre, la familia Coleman salió adelante como pudo. Su madre, Theressa, consiguió trabajo como cocinera en la casa del alcalde, pero salía al alba y regresaba bien entrada la noche, razón por la cual Summer había adoptado el papel de madre ama de casa sin más dilación. Matthew había conseguido empleo como repartidor de periódicos, el único trabajo que daban a chicos de su edad, y lo había cumplido con creces hasta hacía dos años, ya que le daba la opción de conocer de primera mano lo que se cocía en el mundo. Pero cuando cumplió los trece, a su jefe le pareció que ya estaba mayorcito para pasearse por el barrio en bicicleta, y lo había despedido. Matthew guardaba un enorme rencor desde entonces al hijo de este, que casualmente había ocupado el puesto desde entonces, aunque su padre dijese que lo había conseguido solo porque era el más apropiado.
Julia, tercera hija del matrimonio Coleman, doce años, llevaba año y medio arreglando ropa para lo vecinos, había mentido sobre su edad para que la tomaran en serio, y poco a poco de había ganado el respeto del barrio. El mayor problema había sido criar los pequeños William, Paul y Emily, de siete años, a quienes su padre no había conocido, ya que se fue a la guerra como voluntario en cuanto tuvo oportunidad, dejando atrás a una esposa embarazada de trillizos y una familia que lo necesitaba.
Summer miró con disimulo la foto de Alfred Coleman que tenían en la encimera. Su hermano se dio cuenta.
- Por gente como él está el mundo como está. Poco aprecio por la vida humana y ansia de poder. - Odiaba a su padre. En cuanto este les anunció que se iba a la guerra, Matthew le había dicho que era un monstruo, que lo odiaba y que esperaba no volver a verlo jamás. Lo que más asustaba a Summer era que nunca pareció arrepentirse de ello. Ella también se había enfadado, pero nunca se lo dijo a nadie, e intento pasar los últimos días de su padre junto a él, mientras que su hermano lo había ignorado completamente.
Summer simplemente bajo la mirada para ver que era lo que su hermano había traído. Sonrío para si misma, el periódico. Ocupaba la portada una escalofriante imagen de la bomba que tanto había afectado a su hermano.
- ¿Lo ha traído Ben? - Ben era el chico de los periódicos, el que le quitó el trabajo.
- Que más quisiera. Se lo he comprado a otro niño delante de sus narices. Si vieras la cara que se le ha quedado... Pero me tiene miedo, y no ha dicho nada. Es una pena...
- Deberías dejarle en paz, ya han pasado dos años, y sigues comportándote como un niño...
- Bueno, tal vez me haya llegado el momento de disfrutar de la infancia que me quitaron.
Summer quiso replicar, pero en ese momento se abrió la puerta principal y entró su madre, acompañada de un hombre al que reconoció como el mecánico. Miro a su hermano extrañada, y vio que este arqueaba las cejas. ¿Que hacía su madre con el mecánico? Ellos no tenían coche, y tampoco intención de comprarlo por lo que ella sabía.
- ¿Quieres tomar algo?¿Cafe?¿Té? Ya sabes, hasta que lleguen los... - por poco se le cayó la taza de las manos cuando entro en la cocina y vio a sus dos hijos mayores allí parados - Niños.
- Mama, ¿Que hace él aquí? - Pregunto Matt cruzando los brazos.
- Yo... Bueno, este es George, supongo que lo conocéis. - ellos asintieron. - Nos conocimos hace unos meses cuando vino a revisar el coche del alcalde y... esto...
- ¿Y que? - inquirió Summer con impaciencia.
Fue George quien, tras aclararse la garganta sonoramente respondió con voz ronca pero ilusionada:
- Nos hemos prometido.
Summer se tuvo que agarrar al borde de la mesa para no caerse. ¿Que ellos se habían que? ¿Prometido? No, aquello definitivamente no podía ser real. Ellos no conocían a George, no como padrastro al menos. George era el mecánico, ese hombre con un mono azul lleno de aceite, que te saludaba amablemente cuando te lo cruzabas y hablaba de coches en un idioma que solo él entendía. Alguien así no podía desempeñar el papel de padre, él era alegre y despreocupado, y por lo que Summer sabía, los padres solían ser gente seria y estricta. Pero por encima de todo, había una razón aún mayor por la que eso no podía pasar, y fue Matthew quién le dio voz:
- Pero mamá, tu ya estás casada.
- Bueno, pero ahora estoy viuda. Me casé con vuestro padre en Kentucky, y aquí en Nueva York no hay nadie que pueda atestiguar que Alfred y yo estuvieramos casados. - dijo con voz temblorosa, como avergonzada - Además, creo que después de estos años de sufrimiento, criando a seis hijos yo sola en medio de una guerra, merezco un poco de felicidad, ¿No?
- ¿Perdón? ¿Críarnos tú? ¡Por favor! - exclamó Summer - ¡Desde que murió papá, Matthew y yo nos hemos encargado de esta familia! Dejamos el colegio, conseguimos trabajo, preparamos la comida, criamos a tres bebes nosotros solos. Julia también ayudó lo que pudo. Pero, ¿Tú? ¡Tú solo te has dignado a pisar esta casa para dormir, y por que no tenías otro sitio al que ir!
Siempre en casa del alcalde. "¡Esque tengo que conseguir dinero!" - la imitó - Hace tiempo que tu sueldo de mierda dejó de ser imprescindible para esta familia, no te creas que no me he dado cuenta. No entendía por que seguías trabajando, pensaba que sería para tener un fondo de ahorros o algo así, pero no. ¡Ahora ya veo que te lo pasabas muy bien!
Y dicho esto, salió a grandes zancadas de la cocina dando un portazo y desapareció, dejando atrás a una madre destrozada, un hermano confuso y un mecánico avergonzado.
- Bueno, esto... Felicidades. - comentó Matthew, intentando romper el hielo. La mirada de su madre le dio a entender que lo dejara - Ya se le pasará, de verdad, solo necesita tiempo para asimilarlo.
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