jueves, 15 de diciembre de 2011

3. La cruel realidad

Examinó por enésima vez el uniforme que tenía sobre la cama. No encontraba una palabra para describirlo. ¿Elegante? No, era más bien... curioso. Lo primero que vio horrorizó a Summer, un corsé. Aunque tras mirarlo más atentamente se fijó en que era más bien una variación de los antiguos corsés. La tela era flexible y parecía fácil de poner. Tampoco era tan estrecho como para no dejarla respirar, sino que reduciría su cintura unos pocos centímetros. Aún así, no le hizo gracia. Tenía la sensación de que, tras la guerra, la sociedad se había vuelto muy machista, y el que la obligaran a llegar aquello no hizo más que confirmarlo.

Lo siguiente que se puso fue una blusa de seda blanca, abotonada en el pecho. La falda azul cielo también parecía de una tela muy cara, y emitía pequeños destellos brillantes cuando se movía. Apenas le llegaba hasta las rodillas, y dejaba al aire sus piernas con medias oscuras, y zapatos negros con poco tacón. Para terminar tenía una pequeña capa del mismo color que la falda, que le cubría los hombros. Al mirarse en el espejo, le sorprendió una vez más lo ceñido que era. Summer siempre había sido delgada, pero no pudo evitar admirar la estrecha cintura que le hacía aquel uniforme. Tenía entendido que en los uniformes se encargaba de dejar todo el cuerpo de las chicas a la imaginación, pero aquel no hacía más que acetuarlo. Tal vez el colegio no estuviera tan mal, al fin y al cabo.

Decidió no recogerse el pelo, y dejó que la melena rubia le cayera ondulada por la espalda. Tras ponerse la chaqueta y mirar su reflejo por última vez, bajó al encuentro de su hermana.

· · ·

El trayecto en coche hasta St. Peterson duró algo menos de una hora en el coche de George, durante el cual Summer observó el paisaje en silencio. Al bajar del coche apareció frente a ella un edificio enorme, aunque no tenía más de cuatro plantas. Tenia muchísimas ventanas, y la fachada estaba cubierta de motivos geométricos y esculturas. Los jardines eran tan grandes que, desde fuera de la verja, el edificio se veía lejano. En el lugar donde se encontraban había un gran cartel que rezaba: "Academia femenina St. Peterson". George se aclaró la garganta:

- Bueno, aquí estamos.
- Gracias por traernos, George. - dijo Summer con tono amargo, no le había hecho gracia que su madre no fuera a despedirlas.
- No pasa nada. Venga, entrad, que os estará esperando. Nos vemos en Navidad. - y tras abrazarlas, volvió a entrar en el coche. Las saludó con la mano antes de encender el motor y desaparecer en la distancia.

Summer respiró hondo, miro a su hermana, que asintió, y juntas hicieron el camino que llevaba a la escuela.

Las recibió la directora en persona, la señora Burbage, una mujer de unos cuarenta años, muy alta y delgada. A pesar de tener ya algunas arrugas, se veía que había sido muy hermosa. Llevaba el pelo negro brillante en un elegante moño, y tenía los ojos muy claros, rodeados por espesas pestañas. y los labios color carmín le favorecían mucho. Ella también llevaba un traje de chaqueta muy ajustado, de color gris oscuro, y una falda de tubo que le llegaba por las rodillas.

- Summer y Julia Coleman, ¿Verdad? - Ellas asintieron, y las miró de arriba a abajo para después sonreír. - Sois muy guapas, eso esta muy bien. Y el uniforme os favorece mucho, al ser rubias. Y tenéis unos resultados asombrosos hasta ahora, muy bien. La inteligencia es importante, queridas, pero no lo es todo. - Volvió a sonreír - El aspecto es también muy importante. Aquí, en St. Peterson, procuramos formar señoritas. Mujeres independientes y poderosas, pero señoritas, al fin y al cabo. Y la elegancia y el glamour nunca están de sobra. Creo que encajaréis bien aquí, lo único... Debéis llevar el pelo recogido de Lunes a Viernes. El fin de semana como queráis. ¿De acuerdo?

- Sí, señora Burbage. - respondieron las dos a la vez.
- Pues creo que eso es todo... Ah, sí, Summer, las de último curso podéis salir del centro los fines de semana, siempre que estéis de vuelta para la cena.
- Ah, ¡Que bien! - se le escapó, y después se sonrojó por su descaro. Pero o pudo evitarlo, no contaba con salir de allí e tres meses.
- Bien, pues podéis retiraros. Aquí están vuestras habitaciones, horarios y todo lo que pueda interesaros. - les entregó unos papeles. - Espero que os guste St. Peterson.

· · ·

- Hola, perdona, ¿Sabes dónde está la habitación 421? - preguntó Summer a una chica que se cruzó en el pasillo. Era algo más baja que ella, y muy delgada. Tenía una espesa melena rojiza y larga que, al ser domingo, llevaba suelta.

- Sí, esta justo al lado de la mía. ¿Quieres que te acompañe? - sonrió, parecía simpática. Al ser tan pequeña y ligera, andaba a un paso muy rápido que Summer, cargada de maletas, apenas podía seguir.

Tras guiarla hasta la 421, se disculpo y se marchó antes de que Summer tuviera tiempo a preguntarle su nombre. Abrió la puerta de su habitación y se encontró en una estancia bastante amplia, más de lo que había esperado. Tenía una gran ventana que daba a los jardines, y Summer, dejando todo s equipaje en el suelo, se acercó para apreciar la vista.

Admiró el verde paisaje durante un rato, hasta que una voz tímida, como de niña, la sobresaltó.

- ¿Hola? - sonaba dudosa. Summer se giró, sobresaltada, y la chica se sonrojó. - Yo... Lo si-siento, no quería molestar es solo que...

-. Tranquila, no pasa nada. De verdad. - ella también dudó - Me llamo Summer, acabo de llegar. - Parecía temer que Summer le gritara o algo así.

- Yo soy Susan. ¿Quién te ha enseñado el camino?

- No lo sé. Una chica pelirroja, creo que es de la habitación de al lado. - la expresión de Susan cambió. - ¿La conoces?

- No. Vamos, se de quien me hablas, pero no sé su nombre ni nada.

- Ah. - Aquella chica le parecía cada vez más rara. Fijándose por primera vez en ella, se dio cuenta de que no era muy guapa. Su baja estatura y complexión huesuda la hacían parecer una niña. El pelo, oscuro y corto, estaba apelmazado. Su piel era extremádamente pálida, y sus ojos, vacíos y sin vida.

- Bueno... Me tengo que ir... Adiós.

Se dirigió a la puerta algo cabizbaja y, al salir, se cruzó con una chica que la miró de forma extraña. Su cara tomó una expresión que Summer no supo descifrar y entró sin darse cuenta de que ya había alguien allí.

- Eh... Hola. - dijo Summer tímidamente. Entonces la muchacha levantó la vista de su cama y pudo observarla de verdad. Parecía la antítesis de Susan. Era muy alta y delgada, con un cuerpo de película. Tenía la piel morena, los ojos marrón oscuro, rodeados por espesas pestañas. Su nariz era recta y sus pómulos llenos, y llevaba los labios carnosos pintados de rojo. Parecía hispana.

- Hola. - dijo la chica, sonriendo - ¿Eres nueva?

- Sí, acabo de llegar, soy Summer.

- Ana. - dijo simplemente. Parecía sorprendida de que le hubiese hablado. ¿Que le pasaba a la gente en aquel lugar?

- Encantada. Oye, esa chica que acaba de salir... - Ana sonrió.

- Asi que te has dado cuenta. Es rarísima. No sabes lo que es compartir habitación solo con ella.  - Parecía algo más suelta que al principio.

- Bueno, podremos con ella entre las dos, ¿No? - La chica asintió, sonriente.

Ana la ayudó a deshacer la maleta, le enseñó como funcionaba todo allí y la instaló en una cama al lado de la suya, lo más lejos posible de Susan. Summer no entendía que tenía de raro exactamente aquella chica y, al principio, el modo en que hablaba de ella le pareció un poco cruel. Pero, pensándolo mejor, si quería tener una estancia agradable en St. Peterson. más le convenía juntarse con chicas como Ana, guapa y simpática, y con pinta de ser muy popular, que con Susan.

Pero sus ideas acerca de su nueva amiga resultaron ser complétamente incorrectas. Tras quedarse hablando en voz baja hasta muy tarde, habían ganado mucha confianza. Y Summer conocía más o menos a la gente más importante en el colegio, a que chicas debía acercarse, y a quienes, como Susan, era mejor no hacer caso.

La mañana siguiente, no dudaron en sentarse juntas en su primera clase, Inglés. La profesora, la señora Pilcher, era una mujer mayor, educada y cariñosa. Por lo que le dijo Ana, muchas chicas del internado la consideraban una madre. Cuando Summer entró a clase, la mujer le sonrió afectuosamente; sin embargo, cuando fue a sentarse junto a su amiga, la profesora pareció decepcionada. Ana tampoco parecía contenta con ella, pero a Summer no le pareció el momento de preguntar.

La clase transcurrió lenta. La señora Pilcher comenzó por presentar los contenidos que estudiarían ese curso, y Summer, a pesar de haber intentado estudiar algo en casa por su cuenta, no había pisado un colegio desde los 11 años, lo que la dejaba en clara desventaja. Dedicó la clase a pensar como estarían los demás, en casa. Había visto a Julia en el desayuno, hablando con unas chicas de su edad. Parecía tranquila, y Summer sintió, por primera vez, que no tenía por que preocuparse por su hermana.

Al final de la clase, Ana salió precipitadamente hacia el baño, y Summer se quedó sola, recogiendo sus cosas.

- ¿Summer Coleman? - se giró. Ante ella se encontraba una chica de estatura media, el pelo rubio en un elaborado recogido, y los ojos castaños. Su pose era orgullosa, y sonreía con suficiencia. - Soy Mary McDonald, presidenta del consejo de alumnos.

- Encantada. - Summer aceptó la mano que le ofrecía. Supuso que era la encargada de enseñarle las instalaciones, o algo así.

- Mira, iré al grano. - A Summer le sorprendió su repentina brusquedad. - Esta mañana te he visto con Ana Torres. Y entiendo que prefieras su compañía a la de la fantasma de Brooks, - supuso que se refería a Susan - pero creo que deberías juntarte con gente más... apropiada.

- ¿Por qué? - Summer se sintió insultada, Ana había sido la persona más agradable que había conocido hasta el momento.

- ¿Tienes ojos en la cara, querida? Es hispana. - Pronunció la última palabra con desprecio. - De Puerto Rico. Y puede que algunos la acepten por sus... rasgos exóticos, pero no te dejes engañar. Son incultos, poco cibilizados, despreciables. Y creo que deberías estar con nosotras de ahora en adelante. ¿Que me dices?

Parecía que acabara de donar miles de dolares a alguna organización.

- Creo, que soy lo bastante mayor para elegir a mis amigos. - Y sin más, se fue.

Y de pronto, todo cobró sentido. La cara de sorpresa de Ana cuando entablaron conversación por primera vez, no muchas chicas blancas como ella le hablarían generalmente. Y Summer se dio cuenta de que la guerra no había cambiado nada. Detrás de la directora progresista y feminista, detrás de los uniformes atrevidos y los aires de modernidad, se escondía la misma sociedad podrida de siempre.

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